Delft

netherla.gifPensar en fotos de alta resolución me ha hecho recordar la Universidad de Delft. Estoy desequilibrado, lo sé.

 Justo antes de ver aquella fotografía, que era la que tenía más píxeles del mundo mundial, había ido precisamente a la universidad de Delft, que desde Aachen, donde estaba entonces, no cae muy lejos, porque se habían ido a un curso (BEST, creo) Orlando y Silvia. 

Así que al ver aquella foto, creada por la universidad que uno acaba de visitar, uno no hace otra cosa que pasarse el rato intentándo encontrarse en la foto (obviamente, infructuosamente). Para más inri, la foto estaba tomada desde la azotea del edificio de la escuela de ingeniería eléctrica, donde Orlando y Silvia hacían como que asistían a sus clases, y en cuya base estaba una especie de cafetería-bar, que tenía las cervezas a algo así como a 50 céntimos (e imposible recordar cuanto costaban los sandwiches, pero estaban muy ricos).

Bueno, en aquel bar tuve una de esas experiencias extrasensoriales que no hacen sino recordarme que la vida es una película. En primer lugar en aquél lugar, se supone que universitario, habitaban lo que sería el equivalente holandés del “viejo de bar”, por supuesto mucho más feliz y colgao que el español, con bicicleta y porros. De entre aquellos personajes oscuros, destacaba uno gordo y grande, no por lo gordo y grande, sino porque chapurreaba español, y decía que venía de un país inexistente de sudamérica. Es una pena que no me acuerde del nombre del país que decía que venía, porque era muy gracioso.   

Bueno, el caso que sí que era cierto que hablaba algo de español, y junto a su amigo enano y holandés, acabaron contándonos sus historietas y anécdotas. Creo que Orlando ya se había hecho amigo de ellos los días anteriores, y estaba bastante entretenido aquello. El caso, que entre las cervezas  y el sudamericano primo del dueño del Sencillitos, sentí la necesidad de ir al baño, que resultaba estar como un altillo. Ya me tenía que haber olido algo, estaba hecho a mala idea.

Para subir, mira que se puede hacer de muchas formas, pues se hacía mediante una escalera de caracol, lo que conseguía efectivamente marear y desorientar a uno (por si no estaba ya bastante mareado cuando decidía seguir aquellos rumbos). Una vez alcanzado el nivel superior, había una puerta negra, y tras ella, había que dar media vuelta, y abrir otra puerta que ya daba a los baños.

La música se amortigua y se escucha ya a lo lejos, y uno siente como el cuerpo se hace cada vez más y más ligero, con una profunda sensación de satisfacción. A dónde irá mi agüita amarilla? Y bueno, refresquémonos y para abajo… uno sale del baño renovado, sigue recto, abre la puerta negra y… aparece en mitad de un pasillo larguísimo, con una luz brillante y amarilla, con puertas sólidas, metálicas, a ambos lados, en silencio, y solitario…  

No sé si habéis visto Matrix 2, pero en aquel mismo instante, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas y la música se apagaba por completo, me di cuenta que había pasado a una dimensión paralela a la nuestra, quizás la misma de la que venía nuestro amigo, “el sudamericano”, y que quizás, ya nunca podría regresar a allí de donde venía. Quizás en esta nueva dimensión sí que exisitía aquél país de nombre tan gracioso.

Quién sabe que hubiera pasado si me hubiera decidido a abrir otra puerta, pero en esos momentos en que pensar con claridad es tan importante, uno se da cuenta de que un universo en el que se pueden conseguir cervezas a 50 céntimos tampoco está tan mal, así que me volví la puerta que se acababa de cerrar detrás de mí.

Tampoco tenía todas conmigo, y de hecho no sabía si podría abrirla de nuevo, o de si al abrirse no iba a aparecer de repente en mitad de los Alpes suizos. Pero, armándome de valor (cuando uno es valiente es valiente, ver la historia por contar de la lucha con monstruos marinos en Puerto Vallarta), estiré la puerta con firmeza, y allí estaban de nuevo aquél olor a baños y a serrín, la música chunga atenuada, el suelo de goma y pegadizo…

Aún me quedaba sin embargo tomar una ultima decisión, pero ya, en perspectiva, mucho más sencilla: derecha, la seguridad y la relajación que dan los baños; o izquierda, la aventura y la excitación del bareto-cafetería universitario. Esta vez tocó izquierda. Escalera de caracol y la vida prosigue…

 De hecho, aquello acabó, con el caribeño-holandés de por medio, en otro bar del centro de la ciudad, que tenía un regustillo irlandés, y que cosas que tienen los holandesés, también tenía los baños en el primer piso. En este caso las escaleras eran rectas. Craso error, que pagaron como era debido.

Junto a los baños, había otra puerta, que no tenía otro signo que un pequeño letrero en la puerta que supuestamente decía “Privado” o algo por el estilo. Puede que incluso hubiera un signo de prohibido. En cualquier caso, el holandés no es mi fuerte, tampoco sus signos, así que no había grandes obstáculos que nos impidieran pasar al interior de lo que resultó ser la cocina… No sé si tenían una cocina especialmente creativa en aquel bar, o si los cocineros eran los creativos, pero resulta que tenían una buena colección de anises, vodkas y otros licores varios, cosa que, para ser sincero, agradeció la concurrencia.

Como colofón, todo tomando ya tintes surrealistas, tras el cierre con llave de la cocina, descubrimos que aún había un segundo piso, éste sin botellas de anís, pero sí con un congelador, o dos, lleno de salmón ahumado, y lógicamente congelado. No sé si el cambiar de dimensiones hace que a uno le entre hambre, pero el caso es que el ver el salmón aquel fue otra salvación. Sin embargo amigos, a veces las apariencias no engañan, y el salmón congelado no es tan sabroso como uno quisiera. Lamerlo tiene su gracia, eso sí.  

Acabé aborreciendo el salmón por un buen tiempo. Y no es pueda saber cuánto, porque el salmón no es algo que uno coma todo los días, pero me acuerdo que guardé una de los paquetes para la mañana siguiente, pensando con regocijo que entonces sí estaría completamente descongelado, y no tendría que pasar las penurias aquellas comiéndome mi helado de salmón. Y sí, sí que estaba como fresco al día siguiente, pero yo no, y no podía ni olerlo.

 No toméis drogas muchachos. No son buenas (digan lo que digan los holandeses).

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Una respuesta a “Delft

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