La función de cambio

Seguramente no debería escribir esto, pero cuando hace dos meses me cambiaron de teléfono, me resistí con uñas y dientes. Las luchas en el entorno corporativo son bastante poco románticas de todas maneras, así que no vale demasiado la pena extenderse en los detalles: me quitaron mi teléfono sin demasiada conmiseración.

Una era se esfumaba delante de mí. El sencillo teléfono con teclado de 12 botones, y unos seis más que nunca llegué a entender muy bien para qué servían ha sido reemplazado por otro con conexión a internet, a mi ordenador y al enchufe, y seguramente con un microprocesador más potente que la computadora a bordo de las misiones Apolo. Y sin embargo, no estaba en absoluto convencido de querer cambiar.

El diseño del teléfono convencional es algo muy conseguido. Aparte de que funcione, que a mi particularmente todavía me parece un milagro, el diseñar un aparato que prácticamente cualquier persona del planeta sepa utilizar sin apenas instrucciones para llamar a cualquier otra persona del planeta no es ninguna tontería.

En “The Function Change”, Pip Coburn propone que el que una tecnología sea adoptada depende precisamente del coste que supone el cambio, y que no siempre es económico:

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Lo primero que uno piensa cuando ve esto es qué poco necesita uno para escribir un libro. Pero sin embargo, la función destaca dos cosas importantes:

  1. Que uno necesita una crisis para querer adoptar un cambio. La crisis puede ser que todos los vecinos tienen televisiones de plasma y él no, o puede ser la incapacidad de comunicarse con personas en la ciudad de al lado. En cualquier caso, la crisis es subjetiva, pero necesaria. Si no hay una razón para cambiar, no cambiamos. Somos criaturas de hábito. Aunque no me lo acabe de creer, hay gente que escribe libros solo sobre eso, sobre como hacer aceptar los cambios (esos libros están escritos de esa forma tan agradable que acaban haciendo difícil distinguir entre empleados de una corporación y un frigorífico, pero de cualquier forma es cierto, que nos resistimos a cambiar).
  2. Que el coste total que supone el cambio no sólo es económico, y sobre todo, que es subjetivo también. ¿Tiene uno que aprender nuevas instrucciones? ¿Tengo que saber programar? Según Coburn, sólo el 10% del sufrimiento que supone adoptar una nueva tecnología es el dinero que uno paga.

El leer esto no hace sino que reforzar mi deseo, ahora racionalizado, por conservar mi fiable teléfono, con sus doce teclas, y varios botones que nunca supe para que servían. Y que en el que no tengo que preocuparme si estoy “logged in” o no.

PS. Pese a todo, esto de saber qué tecnología va a ser adoptada y cuál no, sigue siendo algo que se parece que se ve mucho mejor a toro pasado. El propio Coburn se coló e intentó predecir, en 2006, que es lo iba  despegar. Dijo que la radio satélite, sin duda. Hoy Sirius, después de salir de la bancarrota, cotiza a $1.14, mucho mejor que los $0.08 de hace unos meses, pero aun así…

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