Grandes Contribuciones a la Cocina de la Nación Norteamericana

Cuando llegué a Estados Unidos, venía del antiguo mundo. Cual alma desorientada por la rigidez religiosa, titubeante ante los dogmas que no acaban de tener sentido, pero con dudas a las que no se les sabe poner palabra, y que uno tiene miedo de formular.

No creo que sea capaz de darle el suficiente dramatismo para describir con lo que supuso la llegada a la cafetería de la universidad en Estados Unidos. Venía de la sobriedad, del estilo clásisco uno podría decir, de las grandes escuelas de cocina universitaria Europea: estaba intimamente familiarizado al abanico de sabores de la Escuela de Teleco en Madrid, con su mítica paella (eran los miércoles? y aquellos canalones, que nunca me atrevía a preguntar de qué era la carne, los jueves?); o la alta cocina del Instituto de Meteorología, que costaban alrededor de 50 céntimos más, pero que le permitía a uno comer en un ambiente selecto.

Y ya en Alemania, había asistido a la Mensa, de la I a la VI (o VII), numeración solo respecto al emplazamiento, ya que lograron la perfecta uniformidad no sólo de una cafetería a la siguiente, sino de un plato al del día siguiente. Si uno toma el menú de carne, da igual que sea pollo el lunes, ternera en una especie de pisto el martes, o cerdo el miércoles, que va a saber igual, y lo que es más increíble, va a tomar el mismo aspecto. Magnífico.

Pero en cuanto a cocina universitaria va, he de reconocer que nada ha llegado nunca a igualar la cafetería de la residencia Arti, en Madrid. Pero aquello, pisto que no era pisto, alambres diversos en ensaladas, el cocinero indio loco, bocadillos siempre de jamon york con queso y pan pasado, ya he dicho pertenece a una categoría distinta… En la cocina como en tantas otras cosas.

Digo todo esto esto sin ningún resentimiento. Es cierto que, una vez comenzado mi tour de cafeterías, nunca me he perdonado no haber sido lo suficientemente agradecido de la comida (sensacional) que siempre nos ha preparado nuestra madre. Pero siempre he estado más que contento de haber podido comer en la cafetería, y muchos de los recuerdos más bonitos de la universidad son precisamente allí –comiendo en la Mensa I solo con Agustín, o con todo el grupo, tremendo, de españoles en Aachen; yendo tarde al Meteorológico con Chema y Orlando; pidiendo bocallidos de calamares y patatas bravas en Arti con Chiky, o comiendo tarde con Dani y el mítico Sevilla, corredor profesional de bolsa.

Y todo esto nos lleva a la llegada, desde la fría y llena-de-Mensas-a-su-vez-llena-de-comida-toda-igual Alemania, a la universidad en Chicago. Llegaba con algo cuyo nombre nunca he acabado a llegar a entender: room and board, pero que viene a ser pensión completa, o en este caso media pensión. Así que el primer día de la escuela, entré dispuesto a comerme mi puré de patatas con judías verdes y una masa de carne marrón, y me encontré con… sí… toda la pizza uno pueda tomar. Buffet libre, para que nos entendamos. De pizza.

No sólo pizza, aunque aquello era lo que me dejo impactado. Buffet libre de ensaladas, sandwiches, pastas, panes y postres (brownies, waffles), … Y aún había otra parte que me resultaba todavía más inconcebible: había un par de cocineros, con sus sartenes y sus gorros de cocinero, que preguntaban lo que querías de entre los platos del día, por ejemplo en una tortilla, y la hacían a tu gusto. Con lo que tu querías. Una a una. Y todo esto en un buffet libre.

Las proposiciones de Lutero no le llegan a la suela del zapato en cuanto a revolución cultural al lado de la llegada de la cafetería americana. No solo en una dimensión. Aquello era la declaración universal de los derechos del hombre. Lo de pedir lo que querías en el revuelto por sí solo hubiera sido el equivalente a la invención de la máquina a vapor, pero eso solo era el inicio de la revolución.

Buffet libre. Piensa un segundo sobre eso. Mi media pensión consistía en cinco comidas a la semana. Uno puede hacer las cuentas fácil: cada vez que uno iba a la cafetería tenía que comer para 1,4 días. Nunca ha sido fácil adaptarse a los cambios de paradigma.

Aunque uno se lo puede imaginar, resulta al final que toda esta revolución científica no acaba de ser todo flores. Y uno acaba con más gente de la cuenta que no cabe en un asiento de avión. Pero en conmemoración de aquél día histórico del descubrimiento de la cafeteria con buffet libre, quiero hacer una pequeña lista de la comida que hay que reconocer que está muy buena en Estados Unidos (o puede llegar a estar muy buena, que hay de todo en la viña del señor).

Por que al fin y al cabo, qué mola más que una lista?

Cosas que hay que reconocer que se las han currado en Estados Unidos:

  • La galleta de chocolate, cookie
  • La pizza fina NY-style. Es una fibra sensible mía
  • Las barbacoa como metodo para cocinar en general, pero hamburguesas en particular.
  • Los pies, de manzana, de rhubarb,  
  • La mazorca de maiz
  • Los brownies
  • El helado de cucurucho (sabías que lo inventaron en San Luis?)
  • Los waffles y los pancakes, y el sirope de maple
  • El buffet libre como modo de expresión social
  • Las alitas de pollo

Y porque lo que mola más que una lista, son dos listas: Cosas que esta gente la verdad tienen que mejorar

  • El fruit punch
  • Los corn dogs
  • El pan de maíz en general. Con lo bueno que esta el pan normal
  • Los biscuits. No es magdalena, no es pan. Como el pan de maíz pero aun peor.
  • La pizza Chicago-style. Se pasan con el queso macho.
  • Algunos elementos de la comida de acción de gracias. Esto puedo que sea debido a un trauma personal con cosas grandes asadas. El gravy  está muy bueno.
  • La coca cola. Es el jarabe ese chungo de corn syrup tronco. Eso no tiene que ser bueno.
  • Los chicles sabor a canela. Dios mío!
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